Mundo Mama-ía

#YoExtraño

El pasado es pasado pero no significa olvido. Todos tienen objetos, memorias, sabores y prácticas que extrañan de su niñez o adolescencia. Un pequeño grupo de millennials nacido entre aproximadamente 1988 y 1995 se reúne a conversar constantemente acerca de este tema, y sus integrantes no se cansan de reír y recordar las anécdotas que giran alrededor de estos recuerdos. Esto nos dijeron:

Laura Sofía (23 años): recuerdo cuando usaba Ares o Lemon Wire para descargar música. En muchas ocasiones no eran las canciones que quería sino un vírus. Mi hermano se ponía muy bravo pues aún no existían los computadores portátiles personales. Él y yo compartíamos un computador de mesa.

Verónica (28 años): (risas). ¡Yo amaba a Shakira! Mi mamá me había comprado el CD original de Pies Descalzos de cumpleaños -luego de rogarle bastante, pues los CDs eran muy caros-. Yo lo reproducía sin cansancio, y cantaba muy duro. Todos me decían que yo era igual a Shakira… (risas) Me acuerdo de la canción que dice “dónde están los ladrones, dónde está el asesino…” y yo la cantaba muy diferente y mi mamá me regañaba, solía cambiarla por “dónde están los calzones, donde están los brasieres…” Me gané varios pellizcos por ese chistecito.

Juan Manuel (25 años): andaba para arriba y para abajo con mi walkman. Ahorraba toda la semana para irme al centro a comprar CDs con música variada. Tenía unos audífonos grandísimos y me la pasaba escuchando música. Los walkmans eran muy grandes entonces tuve que comprar una mochila especial para poderlo cargar. Definitivamente este aparato me acompañó mucho en mi adolescencia.

Andrea (24 años): todos teníamos traga en el colegio y a mi me encantaba conectarme a messenger y chatear con mi “crush” del momento. Sin embargo me acuerdo, como si fuera ayer, que sólo podía conectarme al internet después de las ocho de la noche, pues el acceso a la web era posible gracias al cable del teléfono, y no podía dejar a mi familia -en especial a mi mamá que llamaba todas las noches, horas y horas, a mi abuelita- sin acceso a la comunicación. Luego, cuando por fin podía acceder y ya estaba emocionada pensando qué emoticón -que eran coleccionables- enviarle a mi traga mi mamá aparecía diciendo que debía hacer otra llamada. Moría de rabia.

Sergio (26 años): el plan con las niñas de grados menores era invitarlas a ver películas. No existía Netflix en ese entonces, así que era necesario ir a Blockbuster. Las mujeres, como siempre, escogían la película por el protagonista y ¡claro!, tenía que ser de amor. Lo cómico del caso es que nos demorábamos más escogiendo la película que viéndola. Yo me acuerdo que dentro de mí rogaba que escogieran una de la sección… no recuerdo el nombre, pero las cajas de los DVDs tenían un sticker amarillo, y eso significaba que podía volver al otro día, solo, a escoger una película de ciencia ficción sin tener que volver a pagar.

Arturo (22 años): mi google era Encarta 98. Me peleaba mucho con mi hermana por el computador. Ella era adolescente y quería chatear todo el tiempo, en cambio yo, adicto a los carros y aviones, sólo quería investigar sobre ellos. En la Encarta podía jugar varios juegos; me gustaba el de memoria y los de ciencia. Muy pocas veces, cuando mi hermana me dejaba, podía buscar en internet información de mi interés. También recuerdo que una vez la encarta se me perdió, sentí lo que se siente ahora cuando se va el internet.

Alejandra (24 años): yo adoraba el uniforme del colegio, porque no tenía que sentarme en frente del closet a pensar por diez o quince minutos que parecían quince horas, qué diablos ponerme. El uniforme lo resolvía todo, la única indecisión era el peinado. Nunca sabía cómo acomodarme el pelo y odiaba que mi mamá me hiciera cola de caballo y no le resultara un peinado absolutamente bien pegado a mi cabeza, a mi me gustaba el estilo “lengua de vaca”.

Juan Camilo (27 años): debo aceptar que yo en el colegio nunca estudié sino que me volví experto en la broma de la empanada. Ésta consistía en extraer todos los elementos de los morrales de mis compañeros y voltearlos -los poníamos al revés-. Luego embutíamos las cosas a las carreras y pateábamos el morral que ya parecía una salchicha embutida. La empanada luego evolucionó y se la hacía a las cartucheras de las niñas para molestarlas, luego inventamos el chorizo que era el mismo procedimiento pero con las chaquetas de deportes del colegio. Creo que hoy en día se sigue haciendo la empanada; es un clásico. Lástima que ya en la vida laboral no se pueda practicar.

Sara (23 años): lo que más me interesaba en mi adolescencia, además de inventar cualquier excusa para hablarle a la traga, era que los accesorios que me ponían me combinaran (suspiros) extraño esos tiempos de preocupaciones básicas. A mi me gustaba usar gargantillas, aretes, pulseras, bambas y hebillas del mismo color. Si no era así, simplemente me negaba a ponérmelas. Las dividía en cajitas y escogía un color para cada día; casi siempre dependía de mi estado de ánimo. También extraño las recochas en clase. Pa`que, yo era muy molestona en clase y siempre me apuntaba para las bromas. Eso sí, con mis accesorios bien combinados.

Y tú ¿qué extrañas?

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